viernes, 20 de febrero de 2015

HUMANO




Humano, tallo de hierba doblegado por el viento,
melodía inconclusa, leve aliento de la nada; 
un creador oculto te retiró el sustento,
 y hoy navegas sin rumbo tras esa huella añorada. 

Magro trozo de tierra, azul fragmento de cielo, 
con cuánta fragilidad se me revela tu alma 
prisionera en un cuerpo con raíces en el suelo, 
embriagada con el éter de un ensueño sin calma.

 Volcán de amor y odio, cuento breve y enfermizo,
cornamenta de demonio sobre testa de deidad; 
imposible razonar si algún dios así te quiso, 
hijo de la serpiente, esclavo de la libertad.

Pulsión insignificante destructora de reinados,
 derribadora de torres, brote de sangre y enchastre; 
hacedor de cadáveres, rumiador de pecados, 
llamarada de fuego, hijo ausente del desastre. 

Ser humano, tierno y duro, amante y asesino, 
duele tanto conocer tu absurdo significado,
 a qué portal dantesco te arrastrará tu destino, 
qué sublime obra de arte habrás hoy esbozado. 

Ser humano, necio, odioso, ebrio de locuras, 
masa sanguinolienta de sensatez y sinrazón; 
tejedor de promesas, melodías, criaturas,
 triturador de huesos, fauces rojas de dragón. 

 Siddhartha, Jesucristo: siluetas desdibujadas,
diluidas en un sutra y un cáliz pleno de vino,
doctrinas semientendidas y mal memorizadas, 
olvidos de carne y hueso que predijeron tu sino. 

Caen las hojas de los árboles, se derrumban pedestales, 
nacen y mueren animales en cada hora indolente
mas solo el amor y el odio del hombre son inmortales, 
fruto dulce y fruto amargo en una misma simiente.

Siervo infiel de la Naturaleza, duende revoltoso, 
parricida y matricida, en tu derecha un puñal 
y en tu izquierda una rosa con aroma delicioso, 
y en tus ojos aura cruel con ternura de cristal. 

Cegador foco de luz, mano que cede y que quita, 
moldura caprichosa con el futuro de marfil, 
rey esclavo, sacerdote de mazmorra y de mezquita, 
faz de viejo moribundo con la sonrisa infantil. 

A tu salud, criatura, que miras tras el espejo; 
yo soy tú, tú eres yo, te festejo y te maldigo; 
es preciso descifrar lo que veo en tu reflejo,
comprender en una parte mi perdón y mi castigo. 

Hijo del sol y de la luna, violenta conmoción,
imposible bosquejar tu retrato con pericia; 
tú, artífice y artista de la obra y la destrucción, 
pueril indecisión entre la entrega y la codicia.


marzo de 2001.-

HERMENEGILDO TERCERO



Historia verídica de una mina en los años 90 - Incursión involuntaria en la  Chick Lit

***

   Por una extraña y feliz conjunción de astros me encontraba inmersa en aquella noche calurosa pero matizada de brisa, fresca y recién nacida. El verano se anunciaba en todo su esplendor y me contagiaba su euforia de sábado. Allí estaba yo frente al espejo, mirándome, examinándome de cuerpo entero como un pintor frente a su lienzo en blanco. 

   Sobre mi cama descansaba una falda de acetato negro, larga hasta las rodillas pero con tajos en los costados, de esas que se pegan al cuerpo para luego caer rectas; casi transparente, casi recatada; me había costado barata y sin embargo era bastante bonita. Los zapatos, también negros, con taco muy alto y pulsera irían muy bien con ella. Pensé que no iba a ser necesario usar medias, eso era una suerte porque a lo largo de la noche iban a terminar resultando sofocantes. 

   A partir de allí el problema central radicaba en la selección cuidadosa de la blusa. También sobre mi cama se encontraban tiradas en desorden cuatro o cinco de ellas, algunas escotadas, otras sin breteles, algunas coloridas, otras algo más discretas. Para cada una había seleccionado un soutien. Es notorio cómo cambia la forma de una remera dependiendo del soutien que se use; algunos levantan y juntan, otros aprietan y bajan, etcétera. Detalles importantes que solo una conoce. A lo largo de muchas noches de baile se desarrolla cierta pericia. Si la pollera es larga mejor utilizar una blusa escotada, escondiendo de un lado y mostrando de otro, es decir, provocando la mirada en un lugar pero sin invadir demasiado con el resto. 

   Por fin me decidí por una blusa de lycra color fucsia y un sostén con breteles de silicona que achataba y redondeaba. Peiné con secador mi cabello corto con mechas recién teñidas, observando el buen trabajo de mi peluquera al haber ubicado tan estratégicamente aquellos claritos dorados sobre el resto de la melena castaña. 

   Qué felicidad era no tener la menstruación, ni siquiera estar cerca de ella. Si así fuera, probablemente todo aquello me hubiera parecido horrible y ubicado en un mal lugar. Es difícil adivinar cómo alguien puede llegar a sentirse hermosa y luego todo lo contrario con tan solo tres o cuatro días de diferencia.

   Una vez que la sangre bajaba y se aflojaba la tensión todo volvía a ser como antes, por lo que tragedia disminuía considerablemente su intensidad. Empezaban entonces el dolor de ovarios y los calambres, pero con un analgésico todo se arreglaba y la situación incluso terminaba siendo disfrutable. Es verdad que los sonidos estridentes molestaban el doble o que los simples reproches sonaban como groseros insultos, pero la música hermosa también se tornaba más dulce y los colores de las cosas tomaban un tono más brillante. Y el amor parecía florecer desde la piel, más que de costumbre. 

   Recuerdo una vez, en medio de una menstruación; estaba sentada frente al televisor mirando National Geographic. Observaba cómo cientos de miles de lemmings se arrojaban por una ladera, suicidándose, con el único objetivo de preservar su especie. Pocas veces en mi vida había llorado tanto como ese día. Y mientras las lágrimas me caían a borbotones me preguntaba fríamente por qué carajo estaba llorando, hasta que al final terminé riendo como una demente. Eso jamás se lo comenté a nadie pues, en definitiva, los lemmings continuaron muriendo y yo seguí menstruando. 

   Pero ese no era el caso de la noche en que me encontraba. Mis hormonas parecían estar bastante estables, quizás un poco alborotadas como lo están casi siempre las de las mujeres sin pareja, pero controladas al fin. La dignidad debía prevalecer ante todo y la pérdida del temple podía, en la mayoría de los casos, entorpecer la ya difícil búsqueda de un espécimen masculino satisfactorio. 

   Dediqué media hora a mi maquillaje, intentando con todas mis fuerzas acomodar mucha pintura de forma de lograr el efecto de no parecer maquillada pero con ojos más grandes, labios más gruesos y pestañas más arqueadas. Por último, el perfume detrás de las orejas, en la parte inversa de las muñecas y luego en el pliegue del busto. Me parecía un poco difícil que esa noche llegara a permitir que una nariz fuera a parar justo allí; no estaba de humor. Pero nunca se sabía y más valía estar preparada. Quizás un príncipe azul con vaqueros, camisa al tono y olor a cerveza fuera capaz de romper el maleficio llevándome a mi, la bella durmiente, a algún rincón escondido, aislado de la música estridente y en esos momentos, pasara lo que pasara, era mejor tener perfume en el escote. Eso lo sabíamos todas. 

   Terminado por fin el lento proceso de metamorfosis, observé la obra frente al espejo y quedé conforme. Abrí la puerta de mi dormitorio y estaba mi hermano.
 - Sentí tu olor a perfume desde mi cuarto. ¿Por qué las mujeres se bañan en perfume?
Le contesté mientras me cubría con un saco negro y calado que no abrigaba.
 - Porque a los que no son tus hermanos les gusta el olor a perfume, gil.

   Justo en ese instante el teléfono sonó. Mi amiga salía desde su casa hacia la mía y llegaría en cinco minutos, solo estaba retocando un poco sus rulos para que no se le erizaran en el medio de la noche. Pensé que entonces tendría al menos media hora más para esperar. Volví a toparme con mi amigo-enemigo el espejo y sentí una especie de sobresalto. Vi una silueta vestida de negro y fucsia, adornada, de mejillas encendidas y ojos brillantes; imposible juzgar si eso que veía era realmente bello o no pues me estaba mirando a mí misma, pero lo que me impresionó fue lo hermoso de mi expresión. Ante mí se encontraba el producto de un ritual milenario, de un procedimiento cuidadoso que había durado casi dos horas. En un instante vino a mi mente la imagen de una gata, animal majestuoso tan criticado e incomprendido, que suele ser tachado de traicionero pues le es fiel solamente a los de su especie. Y recordé a unos cuántos hablando de mujeres libertinas, dirigiéndose a ellas como "gatos". Qué poco sabe la gente de los felinos. Y qué poco les importa a ellos, al fin y al cabo. 

   Yo sí creía conocerlos. Esa noche era justamente una gata, en busca de pareja. O al menos de un roce felino, en medio de aquel océano de soledad. Qué habría de malo en eso, me pregunté, y luego decidí hacer lo que ellos, no pensar. Y simplemente salir a vagabundear. 

   Llegó mi amiga y nos pusimos en marcha.


***

   Llegamos al enorme salón fragmentado en varias pistas, cada una con diferentes melodías y ruidos. Las personas que había allí también eran muy diferentes. Gente muy joven, casi niños, otros no tanto. Gente borracha, despierta, aburrida, eufórica. Un enorme cambalache de personas, luces, sombras y colores. Sin embargo las miradas eran casi todas parecidas; recorrían los rostros, los cuerpos, se detenían apenas un instante y luego continuaban su recorrido. Algunos pares de pies se movían pero aún muy lentamente; era demasiado temprano. Solo las manos, florecidas con cigarrillos, vasos de cerveza y tragos, se mantenían activas, mientras los ojos miraban y seguían mirando, en lo oscuro, acechando como los ojos de los gatos. 

   Yo ya tenía mi botella de cerveza en la mano y mis tacos empezaban a repiquetear. Odiaba estar quieta durante demasiado tiempo. Había hombres atractivos pero pocos, y demasiado jóvenes. Algunos se acercaban y molestaban, otros observaban, casi despectivos. Por un instante dejé de mirar hombres y me concentré en las mujeres.  Algunas eran muy parecidas a mí, otras eran casi niñas, pinturrajeadas y con caritas asustadas, empapándose recién de las leyes y las reglas de la selva. 

   Luego pensé en algunas de mis amigas, las imaginé descansando con sus novios o maridos, o haciendo el amor con ellos, o durmiendo a niños pequeños. Sonreí. Algunas con falda negra, otras desnudas, otras en camisón, las habíamos para todos los gustos. Luego imaginé en dónde me gustaría estar en esos momentos. ¿Allí? Probablemente no. Pero mejor hacer como los gatos. Solo los humanos necios miran hacia atrás y los costados cuando la vida se les dibuja precisamente adelante. 

   Comenzó a sonar una música más alegre y todos parecieron contagiarse. Las miradas de selección se tornaron un poco menos exigentes y las barreras humanas empezaron a caer poco a poco, ayudadas por el alcohol. Me sentía viva y capaz de sonreír, de mirar y de invitar con la mirada. Aquél me mira pero no me gusta. Aquel otro es atractivo pero creo que ésa con la que baila es la novia... Pucha. Bueno, no importa. A ver aquél de más allá... 

   Pasaron un par de horas y comencé a cansarme, sobre todo mentalmente. Además, los vasos consecutivos de cerveza habían embotado mis sentidos. Me senté en un rincón. Había bailado demasiado y los pies me dolían. Mis zapatos eran cómodos pero los tacos demasiado altos. Sin embargo me gustaba el efecto resultante de caminar con ellos. 

   En determinado momento una figura apareció frente a mí. Alto, delgado, muy joven, camisa blanca, ojos grandes y achatados, como dibujados en la cara, cejas pobladas pero castañas, y muy claras. Sonrió y me encantaron su risa y sus dientes. Las dos paletas estaban un poco separadas y eran muy blancas, tanto como su camisa. Estaba bastante borracho pero parecía sobrellevarlo con dignidad. Tenía ese aire felino. Pensé para mis adentros - Ahora se me acerca y me pregunta cómo me llamo, si trabajo o estudio. Me dice que soy muy linda y luego comenta que eso me lo deben decir todos. Me mira el busto y seguidamente elogia mis ojos. En fin. Lo de siempre.

   La figura se fue aproximando y yo, disimuladamente, ya me había parado. Me miró a los ojos y soltó su retahíla.
 - En realidad, no es que seas demasiado linda. Sin embargo me encanta tu corte de pelo estilo europeo. Tenés una preciosa sonrisa y caminás como si estuvieras en puntas de pie. Lástima ese saco calado que no me deja verte la forma de los pechos. 
- Eso depende del soutien que use - pensé para mí, pero no se lo dije. 

   Caí en la cuenta de que nadie me había dicho nunca algo tan terriblemente sensato y certero en mis cientos de noches de baile.
 - Ahora me vas a pedir que me vaya y tenés toda la razón - siguió hablando.
Nada más lejos de mis intenciones. La posibilidad de alguien diferente, listo allí, pronto para ser seducido quizás con palabras más que con una belleza desquiciante, encendió al máximo mi instinto de caza. Además, había desaparecido mi aburrimiento y eso era lo más importante. 

   Lo único malo es que el chico hablaba demasiado. Retuve muy pocos detalles de la conversación, sin embargo recuerdo que sus palabras eran deliciosamente cínicas y afiladas, curiosamente sin llegar a la grosería. Qué más podía pedir yo, a las cuatro de la mañana. Tomaba mucho alcohol y me invitó a un par de tragos. Luego yo lo invité a otro; me gustaba hacer eso, hacía sentir mis pies bien plantados enfrente de él, como si me invistiera con un cierto equilibrio que por algún motivo necesitase. Noté que él había tomado demasiado líquido ya que cada cinco minutos iba al baño. La primera vez pensé que se iría y no volvería más, pero siempre regresaba. 

   Nuestra conversación se fue poniendo cada vez más divertida, en algunos casos intensa pero siempre dentro de un absurdo y deliciosamente innecesario marco de sutileza. Siempre me gustó divertirme de esas maneras y este muchacho se prestaba muy bien para el juego. En un momento le pregunté su nombre y él me dijo "Hermenegildo Tercero". Le contesté "Encantada, Hermenegildo. Yo soy Juana de Arco". Luego él tomó un pedazo de vidrio de un vaso roto que había en el piso, me dijo con ceremonia que era un diamante y que me lo regalaba. Allí empecé a pensar que quizás estuviera algo loco pero luego me regañé a mí misma. Jamás nadie me había regalado un diamante en mi vida. ¿Por qué opacar la ocasión con un estúpido razonamiento? Le di las gracias con una reverencia y lo guardé en mi bolso. 

   Hermenegildo siguió hablando de sus viajes, de sus noches de baile, de sus tragos preferidos y de mis piernas. Yo le hablé de sus ojos y de sus dientes, pero casi no pude decir más porque él continuaba con su verborragia. En un momento me dijo que sabía que me estaba aburriendo, que iba a salir un segundo a la calle para que yo pudiera descansar de él. Me rogó que no me fuera, que por favor me quedara y lo esperara. No se por qué pero decidí hacerlo - No te vayas Juana, por favor - me decía, mientras se alejaba.

   Regresó a los cinco minutos. Pasó por entre un grupo de personas que estaban bailando, se pechó contra un guardia de seguridad y casi aterriza en mis pies. Me miró fijamente. Su mano izquierda apretaba fuertemente la curva del codo de su brazo derecho y la mano colgaba fláccida, como sin vida. Él seguía sonriendo y sus dientes separados brillaban con la luz violeta del techo. 

   Me tomó por la cintura y nos pusimos a bailar una melodía muy rápida. Giramos como trompos en medio de la pista. Ya no quedaba casi gente. Mi amiga había desaparecido. Mi pelo despeinado y mi falda de acetato ondeaban de un lado a otro y yo acompañaba con mis tacos negros. En determinado momento Hermenegildo me miró.
- Vos sí que bailás. 
Me detuve en seco y lo miré también. Una voz dentro de mí, que no reconocí como mía, le contestó al instante.
- Y vos, te drogás. 

   Esa frase fue, quiso serlo, sin reproches. Un simple comentario, una observación desapasionada de la realidad. Creo que lo sorprendí, lo impacté, porque dejó de bailar y me miró fijamente a los ojos. A esas alturas el alcohol ya había desaparecido de mi cabeza, al igual que la euforia y el instinto de caza. Me encontraba de la misma manera en que estoy una mañana de lunes, como una mujer de cara lavada que se prepara para salir a su trabajo.

   Tenía ante mí a un hombre, yo diría que bastante inteligente y refinado, con el suficiente dinero como para elegir y comprarse una camisa de buena calidad, y también para inyectarse vaya uno a saber qué sustancia en la entrada de un boliche. Sentí pena y desapego. Simplemente continué observándolo, igual que él a mí. 

   El muchacho habló otra vez.
- Ahora no vas a querer verme nunca más. Ahora te vas a ir y me vas a dejar solo. Hacé lo que quieras - su voz no sonaba tampoco a reproche - Yo, drogándome, puedo conseguir cualquier mujer que quiera. 

  Mi voz volvió a salir desde algún lugar.
- Ojalá pudiera ayudarte, pero no puedo. No se cómo. Además, no me corresponde. Si se te ocurre algo que pueda hacer, te escucho. Si estoy de acuerdo, lo haré. 

  Él no dijo nada; se había quedado mudo y quieto, como una estatua de cera. 

  Fueron unos instantes de quietud, que me pareció tanto física como temporal
- Vos no me vas a llamar - me espetó con voz fina pero firme - Yo te voy a dar mi teléfono pero no me vas a llamar. 

   Le pedí que me lo diera y prometí llamarlo, aunque no quise darle el mío. Una gata con cierta trayectoria sabe reconocer muy bien un cebo envenenado. Sin embargo sentí que debía hacer algo, aunque solo fuese llamarlo al otro día y decirle una cosa como: "Acá estoy. Te cruzaste en mi vida y significaste algo. Gracias por el diamante que me regalaste. Sos algo más que el recipiente de una droga. Seguramente no volvamos a vernos pero no te voy a olvidar"


   Nos despedimos, luego de que él me hiciera repetir varias veces el número de su teléfono. Cuando se iba me miró por última vez a los ojos y me repitió, convencido, que no lo iba a llamar. Lloré por dentro. Me acordé de los lemmings. Luego reí cínica para mis adentros pensando en el resultado de la noche de cacería. 

***

  Amanecí como siempre en esos casos, la cabeza embotada, los pies adoloridos, el cuerpo pesado, la pollera de acetato tirada en el suelo e impregnada con olor a cigarrillo. Desayuné un litro de agua e inmediatamente tomé el papel en el que había anotado el número. Eran las dos de la tarde. Me senté frente al teléfono pensando en lo que iría a decirle. 

   De ninguna manera aceptaría volver a verlo, no estaba dispuesta a enredarme con un drogadicto. Pero al menos podría establecer contacto y decirle con algunas pocas palabras algo así como "Existís". 

   Mis dedos discaron pero cuando llegué al sexto número se detuvieron. Ya era tarde. La voz de una mujer mayor contestó del otro lado. 
- Hola, ¿quién habla?
La única frase que se me venía a la mente era "¿Está Hermenegildo Tercero?". Se me congeló la voz. No había nada para decir. 

   Colgué el teléfono y tiré el número.

 Jamás volví a saber de él. Sigo recordando a los lemmings, y pienso que nadie mejor que ellos saben cuál es su destino. Quizás Hermenegildo lo supiera cuando nos despedimos. Lo que probablemente nunca sepa es que guardo su diamante como uno de mis mayores tesoros.

martes, 10 de febrero de 2015

Un cuento del Sr. M.O.G. - Capítulo X: La mañana


https://thefella.com/photo/tallinn-old-town

(Wasson ha conversado con Betty la mesera y ha descubierto en ella mucho más de lo que la chica había mostrado largos años de su vida en ese pueblo. Pero sabía, cuando se fue a dormir, que eso era solamente el principio del trabajo que tendría que hacer en ese lugar).


    La mañana llegó arrebolando cada pequeña cosa primero con un color rojizo y luego con su color. Como si fuese necesaria una nueva fragua cada mañana para insuflar su esencia a las cosas, como si solamente ese pasaje por la oscuridad, luego el rojo fuego fueran el único camino hacia los luminosos colores de nuevo. Pero mientras esto ocurría, Wasson dormía. Aún así, seguiría siendo Wasson al despertar.

    Había soñado que viajaba a Nueva York sin ninguna razón, y por eso vagabundeaba temeroso por las calles jalonadas de rascacielos. Pero allí encontraba por casualidad a una joven, a quien no podía ver la cara, pero que le hablaba con dulzura y familiaridad, como si le conciera de hacía mucho pero hubieran dejado de verse. Ella lo llevaba a uno de esos rascacielos y allí le mostraba la vista y le preparaba comida. La ciudad era la misma pero también era distinta, llena de luces como los ríos de estrellas en el cielo. Luego de servir la comida, ella se sentaba al lado y comía junto a él, sin decir palabra y Wasson se preguntaba cómo había dejado pasar tanto tiempo sin visitar o al menos hablar con esta buena amiga. Era un sueño hermoso, claro, pero de un modo único.

    Al abrir los ojos, con la cabeza pegada a la almohada, rayado por las franjas de luz que entraban por las rendijas de la persiana, lo primero que pensó Wasson fue: 'hay formas únicas de lo hermoso'. Luego, volvió a cerrar los ojos por unos minutos, deseando sordamente volver al sueño. Pero por desgracia no solo no lo consiguió, sino que empezó a recordar todo: quién era y donde estaba, qué debía hacer allí.

    -Maldita sea! -gritó al ver el reloj. Se le haría tarde para la recepción.

***

    Tras las correrías nocturnas algo había cambiado y descubrió que conocía ya el camino. Era bastante sencillo, doblaba hasta la calle principal que, ciertamente no era la calle principal, pero sí una que recorría el pueblo de cabo a rabo, y luego torcía a la altura que deseara. Así lo hizo y llegó hasta la fonda de Molly, mirando desde lejos la estación de tren. Estaba lejos, sí, pero no tanto como para no verla y como para no ver llegar al tren, cuando llegara. También podía ver el automóvil negro, un Maria negro, estacionado cerca del andén. Mientras esperaba, entraría a lo de Molly. 'A desayunar' se dijo 'eso es todo'.

    Pero cuando entró no vio a Betty o Elizbetha, otra muchacha se le acercó. Se resignó a pedir un café y unos huevos con tocino. El aroma de la comida lo reconfortó y luego de comer y beber, pasó por donde estaba Molly para pagar. La mujer se mostró muy amable, le agradeció que hubiese vuelto luego del 'malentendido' del día anterior. Lamentaba que Betty no se encontrara entre ellos, pues había llamado para informar que se encontraba indispuesta y no podría ir a trabajar ese día. Nada grave, solamente una migraña. Molly no le dejó pagar, la casa invita, repetía. Y luego, vuelva cuando quiera. Wasson se preguntó cuánto tiempo le duraría la sonrisa una vez él hubiera traspuesto el umbral.

    Afuera la vida seguía como siempre o, al menos, como la había visto ayer al llegar o en tantos otros pueblos que Wasson había visitado. El Maria negro seguía en posición. Wasson recordó algo de su niñez. Le habían enseñado sobre Aristóteles y que la philosofía natural versaba sobre las cosas que cambiaban, que existían la forma y la materia y cómo lo más extraño en el mundo era el cambio. Pero Aristóteles también había enseñado, en su libro Metafísica, sobre las cosas que no cambian: la cosmología y la teología. Quizá hubiese otras cosas que no cambiaban, quizá la vida de ese pueblo y de tantos otros fuera en sí misma una cosmología particular y, en los actos de cada uno de esos seres humanos, repitiéndolo una y otra vez, estuviera dictando algún demiurgo una teología particular, inconcebible pero inmutable. Hasta el tren, que se acercaba, lo hacía siguiendo las leyes que estaban escritas en el tablero de horarios.


 colaboración 
(continuará)

lunes, 15 de diciembre de 2014

LA GATA



Dedicado a la mujer gato que supe ser algún día y a tantas otras que conozco. No están solas.


Húmedo capricho de mi melancolía...
 si a veces pienso que soy una gata terca y mañosa
que se acostumbró a andar por las noches 
pero añora un poquito la luz del día.
A veces intento disfrazarme de perrito fiel,
 juguete casi, saltarín y alegre, 
moviendo el rabo y ladrando, modosita. 
Cuando te miro, siempre te ladro
pero ambos sabemos que deseo morderte.
Supongo que hay algo más que ofrecerte
además de la mirada quieta 
de una gata sombría 
pero tus avances y retrocesos
 despiertan mi instinto 
y mi hambre es intensa. 
Te observo, te espero  y mi odio es tan fuerte 
como el amor que siento.
En el helado destierro de mi noche solitaria
 el olor de tu cuerpo 
se ha vuelto mi razón primera 
y mi instinto asesino percibe lo que ambos somos; 
lo que eres que yo no soy,  
lo que soy que tú no eres.
Tengo agua, flores y besos para ofrecerte, 
arrullos maternales y súplicas de abrigo. 
Pero estás lejos y cuando vienes, 
nada de eso es suficiente para retenerte. 
Primero debo atraparte como a un animal esquivo. 
Mi mente lo sabe y mis ojos gatunos
 resplandecen por eso;
animal adorado y odiado, melancólico y con amo, 
con ganas de escaparte pero fuertemente atado, 
mis ojos me dicen que te estás asfixiando, 
o quizás sea el deseo que me grita desde ti.
Mientras tanto yo sigo merodeando
pero cuando abres las puertas 
me detengo indecisa. 
Temo ver todas mis flores desnudas y marchitas, 
sin el agua de tu alma volcada sobre ellas.
Qué dulce criatura puede ser una gata, 
qué vulnerable, qué sumisa... 
frente a la luz, es casi ciega, 
es por eso que la noche se ha vuelto su morada.
 Allí sus pasos son seguros y te ve siempre. 
Más cuando llega el día, desapareces, 
te vas con tu mujer perro... 
y de poco sirve mi disfraz, 
en nada ayuda que te ladre. Al final,
siempre brota el maullido de mi garganta.

junio de 2000

EL ABORIGEN

 

  El aborigen había salido a cazar. Su presa se escondía detrás de los árboles. Él podía olerla, se guiaba por el sonido imperceptible de sus pasos asustados y podía tocar, palpar en el aire los delicados trazos de su ansiedad. Luego se adentró demasiado en la selva, más allá de los límites del instinto, pero tenía hambre y todo su cuerpo clamaba por alimento. 

  Él no odiaba a su presa ni tampoco la amaba, simplemente quería saciar su hambre, matar para alimentarse, solo lo necesario sin regueros de sangre, lo imprescindible para asegurar su supervivencia.

  Pero pasaban los días y no vislumbraba presas, ni fieras ni inofensivas. No veía nada además de vegetación, agua y luz. Los deliciosos pájaros volaban demasiado alto como para alcanzarlos; además tenía miedo de comer la esencia de un pájaro para luego salir volando, dominado por el espíritu poderoso de aquel que sabe volar.

  No. Mejor el suelo, es más seguro. ¿Habrá serpientes? ¿Habrá al menos algún insecto? Tenía hambre. Pasaron más días y su mente empezó a nublarse. Ya el cielo se confundía con el bosque; empezó a pensar que los dos eran verdes, que las estrellas eran árboles y que los árboles eran estrellas. Observaba a la luna por las noches y ella era la cara redonda del estanque... ¿o sería el estanque un reflejo de la luna? El aborigen comprendía todo eso y lo sufría, pues una fuerza no terrenal se había apoderado de él

  Su cerebro no le pertenecía y era culpa del hambre. Sus huesos comenzaron a debilitarse, una mancha blanquecina apareció en su lengua. Lo supo pues la vio, reflejada en el estanque; “ eh, eh, eh ...” reía el aborigen. Para los ignorantes que no conocen su idioma, él decía: “La luna me está sacando la lengua ... je, je, je”. Luego rió, rió cada vez más. Los dientes cortados por la talla en piedra de sus armas bailotearon, negros y fantasmagóricos. Su cara era una máscara, la máscara del hambre. Sus manos ya eran garras, las garras del depredador consumido. Los ojos se le confundían con el cielo y su olfato era el miedo.

  Por un instante comprendió que iba a morir. Sintió que su cuerpo se había convertido en algo diferente de lo que él era. Apenas podía recordar su aldea y su choza, sus niños altos y flacos aprendiendo poco a poco el arte de la caza, los muslos renegridos de su compañera, con el surco extraño y brotado de pelo que asomaba, hinchado, en las noches de la ceremonia de la fertilidad. Y, qué curioso, recordó también la despedida del amigo y hermano de toda la vida, su cabeza asomando entre las fauces del león. Los ojos del amigo eran los mismos que asomaban el en estanque, o quizás fuesen los de la luna.

  Se adentró aun más en el bosque y como guiado por un sueño atravesó el límite marcado por los hechiceros, quienes habían recomendado no traspasar el umbral de la vegetación tupida porque luego de allí reinaba el Gran Espíritu de la Aniquilación. Y pensó, ¿qué importa?. Se internó en la espesura. Caminó y caminó. Ya no era él quien caminaba, era su hambre; ya no era él quien veía, era su dolor; ya no era él quien olfateaba sino su desesperanza. 

  Era ya una catramina de huesos repiqueteando entre los árboles. Sin saberlo, se cruzó con un pequeño mono herido que lo observaba, listo para ser su presa. Tampoco vio a la serpiente que pasó frente a él, con el mismo contoneo de una  bailarina de su tribu, ejecutando la danza de las cosechas. Pero para él no era ésa sino el hambre, despojada de su disfraz.

  Por fin llegó a un claro en el bosque y se detuvo. Más atrás se escuchaba un sonido extraño, como un repiqueteo de tambores y también voces. Eran las  mujeres de su aldea cantando al cielo y deseando a sus hombres una buena caza. Oyó gritar a sus hijos, estaban peleando por el cráneo de un mono muerto. Escuchó al anciano de la tribu y, milagro, pudo ver su barba resplandeciendo tras dos viejas acacias. Tenía estrellas, claras y resplandecientes; era la Luz, el Verbo... Corrió poseso hacia la barba del sabio, cruzó las dos acacias con sus fuerzas inexistentes y se detuvo allí mismo. Entonces perdió el aliento. 

  Todo lo que hasta ahora se movía dejó de reverberar, todo sonido se apagó, la luz se extinguió y en esa nueva oscuridad pudo ver su imagen cegadora. ¡Era Él! El que tantas veces fue nombrado por los hechiceros de la tribu, el Profeta, el Elegido, el Mesías, la Luz;  allí, ante él, estaba su Esencia y también su carne, huesos y su sangre. Era Él, el Hijo de la Tierra y el Hijo del Sol. Estaba salvado. El aborigen rió, lloró y bailó una danza ritual, llevado otra vez por la fuerza extraña que no pertenecía a su cuerpo.

  Luego se postró ante la aparición y se encomendó a su divina misericordia. La luz entonces se fue metiendo en su huesudo cuerpo y fue lágrima en las órbitas de sus ojos, fue saliva en las comisuras de su boca. Estalló todo su ser y fue la eclosión tan fuerte y desgarrante que luego de ella no supo nada más, todo se hizo tinieblas, nuevamente. Pasaron las horas. Siete horas. Y amaneció.

  Un pájaro volaba en el cielo justo en aquel momento y hace siete años vino a contarme lo que entonces vio. Esa mañana, mientras sobrevolaba la selva, vislumbró a un hombre huesudo y muerto, boca abajo, con sus brazos en cruz, tendido al pie de un enorme tótem de madera. La esfinge era muy alta;  su tamaño era casi tan alto como los mismos árboles de la selva o quizás más. Estaba tallado. Según me dijo, era una escultura muy extraña. En sus cimientos había piedras, barro y huesos; en el medio de su tronco había figuras de hombres y mujeres realizando el acto sexual. Y en la cima, es lo que más le impresionó y se que no  miente, justo en la cima, arriba de todos y de todo, estaba el dibujo de una luna enorme,  sacando la lengua.
agosto 2001

HOMBRE



Hombre de fuego, azúcar y trueno, 
me das miedo. 
Es tu avance tan sorpresivo y violento 
que apenas un gemido exhala mi garganta. 
Tu belleza es tosca, agreste y primitiva 
como un ser de diez mil años 
pero con jugos eternos, 
como un dios en la tierra, mortal aunque infinito. 
Embajador de la luna y también
 de la más oscura catacumba 
que duerme bajo mi tierra. 
Ser sin edad ni patria, sin moral, sin ética. 
Solo quiero tu agua, 
solo quiero tu fuego, 
que me sacien y me quemen, 
que me vuelvan todavía más valiente 
de lo que alguna vez quise ser. 
Altar de piedra acerada
veteado con tibio rocío, 
sudor que licúa la sangre, 
que despierta el hambre, enceguecida y bruta, 
hoy más que nunca se me muestra 
mi corazón femenino, 
tan partido e incoherente, 
pues quiero tu furia y tu gracia, 
tu resguardo y tu ataque; 
quiero confiar y temer, 
retrocederte y avanzarte, 
recibirte y expulsarte. 
¡Quiero amarte! 
de la manera en que se ama aquello 
que, por naturaleza, va y viene. 
Cómo esperas que te quiera 
siempre de la misma manera 
si continuamente te mueves; 
 no das el tiempo para asentarme 
y en esos vaivenes 
mi tierra explota. 
Te amo y te temo 
pétrea figura de brazos y piernas, 
de besos de azúcar, 
de manos en crisis, 
cosa bruta y frágil, 
masa dura y angulosa 
de líquidos, recuerdos 
miedos y locuras. 
Invítame a tu juego 
y luego, ten paciencia. 
No es fácil decidirse, 
tampoco lo es negarse; 
solo dame algo de tiempo 
para afilar mis uñas, 
ventilar la casa
 y quitar la mala hierba. 
Mientras tanto, 
piensa en la manera 
de no pisar mis flores. 
Tus pies no se acostumbran 
a esta clase de jardines
tan pequeños y graciosos, 
tan fáciles de pisar. 
Hombre de sol y de luna, 
te quiero hundido en mi cuerpo 
como una espada mortífera, 
te quiero levitando en mi alma 
como una pluma de ave.
 Te quiero a mi lado, inventando 
los oscuros cimientos 
de nuestro utópico, imposible
 y necesario lenguaje.

marzo de 2001

domingo, 14 de diciembre de 2014

UN PUCHERO PARA CHIEKO



Coloquialmente, en Uruguay decimos que un puchero es el gesto que hace un niño con la boca cuando se frustra o apena por algo, doblando hacia fuera el labio de abajo y plegando el labio de arriba. Es una mueca de tristeza.
 
Chieko fue (es) mi última profesora de japonés hasta el momento. Chieko Sensei (sénsee, debe pronunciarse) regresa en pocos días a su país luego de dos años de estadía en Uruguay. Mis profesoras anteriores fueron Kakimoto y Nakamura. A Kakimoto no la conocí mucho. A Nakamura sí; hasta la vi bailando candombe.

Nakamura Sensei fue quien me persuadió de no abandonar segundo año al finalizar el primer semestre. Inicialmente yo le escribí un correo, contándole qué tan ocupada y saturada estaba e informando que lamentablemente no podría continuar con el curso. 

Cosa complicada transmitirle a un japonés lo que es "esforzarse demasiado". No lo entienden, no está en su genética el comprenderlo. Ella me contestó con una carta amable y cortés pero muy afectuosa, pidiéndome que no abandonara; ella sabía lo que era estudiar un idioma tan diferente y desconocido y al mismo tiempo ocuparse de un trabajo y también de la casa. Me hizo sentir una mezcla de vergüenza y motivación. "Ganbatte Kudasai" es una expresión que, a un mismo tiempo significa: "suerte" y "tiene que esforzarse más". 

Así lo hice, terminando segundo año en tiempo y forma. La estructura del curso en facultad de Humanidades es la siguiente: el primer año es denso; hay que aprender los dos silabarios que son lo más básico: hiragana y katakana. Luego vienen algunos kanjis y bastante gramática. Segundo año es más o menos el doble de denso que primero. Más kanjis, más gramática. Los adjetivos (que cambian en función de si se usan en presente o en pasado) son casi tan desesperantes para nosotros como nuestros verbos en español lo son para un japonés.

Y tercer año, es el doble de complicado que segundo. Muchísima gramática, decenas de kanjis, conversar fluidamente... un hermoso suplicio, en definitiva. Cursé un mes (ya con Chieko Sensei) y me apresté a escribir otra carta excusándome por no continuar el curso. Esta vez no hubo carta ni respuesta, fue una simple pregunta la que decidió mi suerte.

Yo estaba enseñándole a Chieko a tejer. Ella había visto mi regalo a Nakamura (una bufanda con prendedor) y noté que le gustaba mi trabajo. Lo pude sentir. Unos días después me pidió que le enseñara. Y así lo hice. Fue en una de esas clases cuando me preguntó algo así como: "¿Por qué estudia un idioma tan difícil como el japonés?". Allí le solté mi respuesta, muy válida y justificada con hechos. Amo esa cultura desde que soy una niña, me identifico con ella en muchos aspectos, en otros me siento complementaria. Me gusta cómo suena el idioma, cada vez que pronuncio una palabra la siento como algo dulce que se deshace en mi boca. Y muchas razones más. 

Pareció satisfecha con mi respuesta pero de todas formas, su pregunta siguió resonando en mi mente. De repente decidí que, por el momento, era suficiente japonés. Me dio mucha tristeza abandonar el curso, pero supe que no era algo definitivo. Ya había ido lo suficiente hacia fuera, ahora debía plegarme hacia dentro, retornar a las raíces, empuñar las agujas. El valor lo junté yo, fui yo la que se dio cuenta. Pero Chieko fue la que (como Nakamura en su momento) dibujó la respuesta frente a mi. Como buenas maestras, supieron en qué momento soltar su kōan.

No tuve tiempo de tejer nada para Chiekita (como a ella le gusta que la llamen). Es por eso que, suponiendo que ya habría comido suficientes asados en los dos años que estuvo en Uruguay, decidí prepararle un puchero bien criollo.

El puchero es una receta de campo. En realidad la idea es muy simple: juntar en una olla con agua toda la comida que se tenga a mano, y cocinarla. La receta que preparé viene directamente de mi línea materna. Mi abuela Lelela fue la que me enseñó. Una de mis metas más serias e importantes en la vida es llegar a cocinar el puchero perfecto, que es uno igual a los que preparaba ella, con el mismo olor y el mismo sabor. Quizás unos días antes de mi muerte logre hacerlo, quizás no. Creo que el secreto está en la cantidad de laurel y de apio, y también en el perfume que tenía su piel.

El postre que preparé es una de las especialidades de mi madre: cierta mezcla de ingredientes, dulce, empalagosa, exquisita, que ni nombre tiene. Es parecido al que algunos llaman "príncipe Humberto" pero la receta no es la misma. En mi familia le llamamos simplemente "postre con leche condensada" o "postre con crema doble" y ya todos sabemos de qué se habla.

A continuación detallo las dos recetas e ilustro con fotos.  
Buen provecho. Itadakimasu.


PUCHERO de Lelela


Ingredientes:
  • carne de vaca, con hueso, para sabor (rabo, osobuco)
  • carne de vaca, con hueso, magra (paleta, cuadril)
  • papas
  • boniatos 
  • calabacín o zapallo
  • choclos
  • cebolla colorada
  • morrones rojos
  • hojas de apio
  • puerro
  • zanahoria rallada
  • ajo
  • perejil
  • laurel
  • tomillo
  • pimentón colorado (paprika)
  • calditos concentrados de verdura y carne (receta original de Leonardo da Vinci)
  • sal

Cantidades: a ojo (lo que haya, hay que ir probando, ésa es la gracia de la receta)
Yo lo preparo en una olla a presión de diecisiete litros, pero puede prepararse en cualquiera.

 


Se coloca la olla destapada, a fuego fuerte, con más o menos las tres cuartas partes de agua. Se agregan todos los ingredientes, también los condimentos y se cuece un rato.


  

 Dicen las que saben que cuando se prepara algún brebaje es conveniente tener cerca un gato negro. En mi casa hay dos perras y con ellas es más que suficiente. Canela me hizo compañía durante todo el proceso.


 

Luego de unos 20 minutos (más o menos) se tapa la olla y se mantiene el fuego fuerte hasta que levante presión. Después el fuego se baja al mínimo.



A los veinticinco minutos más o menos se apaga el fuego, se le quita presión a la olla y se levanta la tapa. Se sacan las papas, los boniatos y los choclos.
Otra cosa que puede hacerse es cocinarlos en un recipiente aparte, así se evita el tener que abrir la olla en pleno proceso de cocción de todos los ingredientes.

Se tapa la olla nuevamente y se mantiene a fuego fuerte hasta que vuelve a levantar presión. Hasta ese momento transcurrió una hora más o menos desde que se prendió el fuego por primera vez. La preparación debe quedar cocinándose a fuego mínimo por un par de horas más. Eso permite que la carne suelte el colágeno y se ablande. Un puchero con carne dura es un puchero mal hecho.




Lo que vemos a continuación es el caldo, producto de colar el puchero. Hay que dejarlo enfriar durante varias horas para que la grasa (sobre todo de la carne) se condense en la superficie. Es absolutamente necesario retirarla con una espátula. Solo así nos aseguramos de estar comiendo algo totalmente rico y sano.





Como primer plato se suele tomar la sopa, que es el caldo servido con fideos, arroz, avena, etc. Otra opción es beber el caldo solo con un poco de queso parmesano rallado.

Como segundo plato se sirve la carne (yo suelo aderezarla con salsa de soja) con papa, boniato, calabacín y choclo. 

Los huesitos quedan para las agradecidas perras.



POSTRE de mamá

Ingredientes:

  • Dulce de leche
  • Leche condensada o Crema de leche
  • Galletitas "María" o alguna otra galletita que tenga un suave aroma a vainilla
  • Merengues firmes (duros) que puedan romperse en pedazos

Se aplastan las galletitas con un palote de amasar.
Se mezcla el dulce de leche con un poco de leche, para aguarlo un poco.
Se va alternando en una fuente: galletitas, dulce de leche, leche condensada (o crema de leche) y merengue.
Se van haciendo sucesivas capas, hasta que no quede más lugar en la fuente.







Sayōnara チエキタ 先生 !

domingo, 23 de noviembre de 2014

Un Cuento del Sr. M.O.G. - Capítulo VIII: El Plan



(Elzbieta, la sobreviviente del holocausto, la hija de inmigrantes polacos, la muchacha cuya familia desapareció en el misterioso bosque de Nahuam y que desde entonces debe tomar pastillas para no soñar horribles pesadillas recurrentes donde sus parientes se mutilan mutuamente, ha contado todo cuanto tiene para contar).


   -Debe pensar que estoy loca.
   -Todo lo contrario. En mi línea de trabajo hay un nombre para... su condición. Clarividente.
   Elzbieta sonrió.
   -A qué se refiere?
   -Un clarividente es una persona que tiene una facilidad de percibir fenómenos paranormales. En algunas situaciones cualquier persona podrá tener esa percepción. Pero solo seres muy sensibles son capaces de mantener esa habilidad en forma constante. Creo que usted tiene ese don. Y creo que su madre también lo tenía.
   -No diga tonterías -dijo ella, tratando de sonar cínica pero un temblor en la voz delataba un dejo de temor.
   -No estoy diciendo tonterías. Créame, he visto clarividentes y fraudes. Déjeme hacerle unas preguntas.
   -Es muy tarde -dijo ella, levantándose y recogiendo su bolso y abrigo- Debo irme. No debería haber venido.
   -Pero le estoy agradecido que lo haya hecho -dijo Wasson. Qué es lo que estoy sintiendo, se preguntó. Por qué dije eso. Y de pronto su rostro se había vuelto rojo como un tomate.
   La ayudó a ponerse el gabán y la acompañó hasta la puerta. Él hizo ademán de acompañarla.
   -Gracias, pero preferiría ir sola. Necesito aire.
   Entonces vio algo en el rostro de Wasson y agregó:
   -Pero me alegrará volver a verlo en la mañana, en la fonda de Molly.
   Estrecharon sus manos y la muchacha se alejó por la calle bajo los faroles. El sonido de sus zapatos en el pavimento se fue haciendo cada vez más imperceptible hasta desaparecer del todo y solamente entonces Wasson volvió adentro.
   La muchacha, debía de tener visiones todo el tiempo si no fuera por las pastillas. Esos sueños. La madre, seguramente, también tuviera el don. Debió saber que moriría en el viaje. Quizá no tuvo tiempo de explicarselo a su hija antes de morir. Quizá simplemente no habría sabido como hacerlo. O será que sus habilidades empezaron a manifestarse recién en la adolescencia, como en tantos casos bien documentados? Justamente cuando ocurrió esa tragedia con su padre y sus hermanos. Seguramente el sueño contenía la clave, ese sueño recurrente y horripilante donde los diablos vestidos con la piel de su padre y hermanos venían a buscarla y la forzaban a tomar parte de esa orgía de sangre. Pero ella había tenido que bloquear ese sueño y todos los demás, y con ellos sus visiones, para sobrevivir. Quizá, sin embargo, ella aún pudiera manifestar algo del don aún bajo el efecto de las pastillas. En cosas nimias, seguramente, como adivinar los pedidos de los clientes. Algo es seguro, por eso mismo Betty le llamó la atención en la fonda; algo dentro de Wasson se había dado cuenta ya entonces que ella tenía el don de la clarividencia. O habría sido otra cosa?
   Elzbieta tenía el rostro pálido y hermoso, el pelo negro y enrulado y los labios como una herida abierta. Wasson se dijo que no debía pensar más en ella. Al menos no así.
   Metió la mano en el bolsillo y sacó el reloj. Era tarde, pasada la una. Y sin embargo no había sido un error llegar antes. Había aprendido cosas de Nahuam senior. De como su aserradero cayó en desgracia y todos los empleados que pudieron lo abandonaron, y tuvo que apelar a los polacos y otros inmigrantes. Había un gran caudal de ellos, debido a la guerra; huyendo de la guerra llegaban a Norteamérica, la tierra de las oportunidades. Y el pueblo estaba cerca de un puerto. La llegada de marineros extranjeros o inmigrantes sería moneda corriente. Quizá Nahuam enviaba a alguien por ellos al puerto, con ofertas y promesas.
   Acaso sería posible que Nahuam hubiera hecho un trato con una entidad o entidades sobrenaturales que habitaban en el bosque? Cómo puedo pensar algo tan disparatdo, se reprochó Wasson. No debo tomar al pie de la letra lo que me ha dicho Elzbieta. Pero... acaso eso no explicaría tantas cosas? A cambio de sacrificios humanos, esos espíritus del bosque, temidos por los indios, le habrían proporcionado riquezas a Nahuam. La gente del pueblo le temía y no trabajaba para él, pero los extranjeros no lo conocían. Eran las víctimas ideales. Nadie los extrañaría. Y Elzbieta, la pobre chica judía, estaba loca; aún si hubiera querido no habría podido hacer nada. Ni aún hablar con nadie que le creyera. Pero él, Wasson, le creía. El la ayudaría a llegar al fondo de su misterio. Quizá con su ayuda hasta pudiera volver a dormir y soñar. Quizá...
   Otra vez se descubrió pensando en la muchacha de un modo que no le gustaba. Que no le ayudaría en su trabajo. Su trabajo que aún no había comenzado, pero ya comenzaría. El cansancio, realmente estaba abrumado. Así que buscó por la casa un lugar donde acostarse. Encontró una habitación perfectamente dispuesta, seguramente por aquél abogado. Se desnudó rápidamente y apoyó la cabeza sobre la almohada. Había tantas cosas que no entendía. Debería hablar con esos indios. Esos espíritus o espíritu del bosque, él ya había oído hablar de ellos. La leyenda del Wendigo. Seguramente despejarían sus dudas, encontraría una explicación racional.
   -Además -escuchó una voz- nunca creí en los pactos con el diablo.
   Wasson se dijo que esa voz susurrante que había oído era la suya. Y se quedó dormido.

***

   El hombre que se había presentado a Wasson como Samuel Marcus golpeó la puerta del estudio en la residencia Nahuam.
   De adentro provino una voz cálida y mecánica que dijo:
   -Adelante, Marcus.
   Marcus abrio la puerta. El estudio le recordó al que había conocido en otro lugar y otro tiempo. La casa estaba en penumbra, apenas unas lámparas para poder transitar por los largos corredores y las escaleras. Pero allí, además, ardía un fuego. Sentado examinando unos pergaminos de apariencia aantiquísima había un hombre alto y delgado, más alto y más delgado que él mismo. Dejó la lupa en la mesa, levantó la vista y le sonrió.
   Sin mediar palabra fueron caminando hasta dos sillones dispuestos frente al fuego.
   -Recibí el llamado del muchachuelo ese. Todo ha ocurrido como habías previsto... Wasson se dio cuenta de Betty, y estuvo hablando con ella largamente. Recién ahora la muchacha se ha ido a dormir y seguramente Wasson también. Fue una buena idea que el chico la siguiera.
   Mientras Marcus hablaba, el otro destapó una botella de bourbon y sirvió dos vasos. Con la mano indicó a Marcus que se sentara.
   -Si. Todo está saliendo de acuerdo al plan.
   Chocaron los vasos, brindando, y luego bebieron un trago largo. Las llamas oscilaron. Ellos volvieron a beber. 



colaboración 
(continuará)

lunes, 27 de octubre de 2014

Un Cuento del Sr. MOG - Capítulo II: El abogado del diablo


http://www.agardenforthehouse.com/2011/12/house-tour-the-music-room/

(Fredric Wasson llegó al pueblo de Lovendale, un día antes de lo previsto para indagar un poco. Lo que averiguó es que la gente teme y odia a cualquiera que lleve el apellido Nahaum. Un jovenzuelo lo condujo a una casa lejos de la calle principal, donde trabó conocimiento con Samuel Marcus, abogado de Walter Nahaum Jr.)


    -Usted parece saber muchas cosas y yo ninguna. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
    La figura alargó la mano.
   -Mi nombre es Samuel Marcus. Soy el abogado e íntimo amigo de Walter Nahaum Jr., el heredero de la casa Nahaum. Encantado de conocerle.
   Wasson le dio la mano. Al dar la mano a veces uno puede saber cosas de los demás. Algunos dicen que los ojos son la puerta del alma, pero Wasson había descubierto que mucho se puede saber de las personas simplemente por el modo en que dan la mano. No es ningún poder místico, solamente algo que había descubierto. La forma de dar la mano de Marcus era totalmente profesional y por lo tanto, inescrutable. Firme. Tenía la mano seca. Pudo apreciar la manicura en las uñas relucientes. Había vigor en el hombre. Eso era todo, todo lo que había podido ver.
   -¿Le parece si entramos?
  Marcus lo condujo por el hotel. En efecto estaba acondicionado como tal: alfombras rojas en el suelo de los corredores, una escalera de caoba. Las ventanas eran amplias y si bien la vista no era muy halagüeña, la iluminación diurna era estupenda. La luz del sol llegaba a todos los rincones.

 
http://www.agardenforthehouse.com/2011/12/house-tour-the-music-room/


   -Este hotel perteneció a Silas Nahuam, el padre de Walter Nahuam, durante el esplendor de esta ciudad, por mediados del mil ochocientos. Un lugar fastuoso este hotel. Silas Nahuam mandó a construir una ópera y la visitaron intérpretes de gran talento. Los más viejos, que eran niños por aquel entonces, recuerdan el estreno de Lucia di Lammermoor de Donizetti. Si tiene oportunidad, visite el museo. Es pequeño, pero tiene fotos que se hizo tomar Silas en esa ocasión. Quizá le transmitan algo de la atmósfera de aquella época. Con suerte, esas visiones se cuelen en alguno de sus sueños -Marcus le guiñó un ojo, y prosiguió.


http://www.agardenforthehouse.com/2011/12/house-tour-the-music-room/

-Pero tras la muerte del viejo Silas, Walter Nahuam tuvo bastantes problemas. Era diestro en los negocios y el aserradero seguía funcionando, pero... bueno, esos bosques ancestrales infundían miedo en la gente. A partir de un momento nadie quería cortar ni un árbol, mucho menos adentrarse en ese lugar umbrío. Y la población fue abandonando la ciudad que se fue convirtiendo en un pueblo. La casa de Opera se incendió y se desmoronó y allí se construyeron algunas casuchas donde los se mudaron los que no podían irse a otra parte. Y esa, mister Wasson, es más o menos la historia del pueblo de Lovendale.

 
http://www.agardenforthehouse.com/2011/12/house-tour-part-3-the-parlor/
  Wasson lo miró.
  -No estoy seguro de entenderle. El tren sigue pasando y Lovendale no es un pueblo fantasma. ¿Qué sucedió luego?
  Marcus sonrió como esperando esa pregunta.
  -Cuánta perspicacia. Bueno, su trabajo para mister Nahuan Jr. será encontrar la respuesta a esa pregunta. Yo, bueno, solamente puedo decirle lo que se rumorea.  Que no es nada bueno.
  -¿Y qué se rumorea?
  -¿Usted cree en Dios?
  -Pues, si. El demiurgo. El origen y fuente de todas las cosas.
  -¿Y en el diablo?
  -No. No creo en él.
  Wasson se estremeció. Será un corriente de aire, pensó en ese momento. Y luego, si no creo en el diablo, ¿por qué me estremezco al mencionarlo?
  -Pero si existe un origen y fuente de todo, ¿acaso no deberá haber también un fin y sumidero de todas las cosas? ¿No sería también razonable que existiese el diablo? -pero antes que Wasson pudiera pronunciar una respuesta prosiguió-.  Bueno, la gente de por aquí cree en el diablo. O los diablos. O el diablo y su cohorte infernal. ¿Conoce el Pseudomonarchia Daemonum, de Johannes Weyer? ¿No? Bien, ya tendrá oportunidad de conocerlo porque hay una copia en la librería de Walter Jr... Weyer o Weir fue un místico renacentista, un ocultista y demonólogo, que escribió ese libro donde describe 69 demonios, los príncipes del infierno.
  -Disculpe, Mr. Marcus, pero si mi latin no me falla, la traducción del título de ese libro sería 'La falsa monarquía de los demonios', ¿no es verdad?
  -¡Cuánta perspicacia! ¡Cuánta perspicacia! Su talento nos ayudará. Debo admitir que Mr. Nahuam escogió bien al pensar en usted para este trabajo. Yo mismo me oponía, pero el insistió y lo incluímos en la lista.
  Wasson enarcó las cejas.
  -¿Es que hay más?
  -¿Cómo? Pensé que lo sabía. Otros seis especialistas se nos unirán en el día de mañana. Mr. Nahuam pensó que el trabajo podría exceder la capacidad de una sola persona. Por eso reunió quienes a su entender son las siete personas más versadas sobre este tema en América.
  -Pero usted no es americano. Por su acento.
 Wasson se arrepintió de haberlo mencionado. Pero Marcus sonrió, hizo un gesto restándole importancia.
 -Ciertamente soy americano. Pero de Canadá. En donde nací el idioma francés era más hablado que el inglés y, seguramente eso es lo que usted percibe en mi acento. Pero no se preocupe. Estoy al servicio de Mr. Nahuam Jr. con otros fines. Y mis habilidades, digamos, son bastante diferentes de las suyas.
 Marcus aprovechó la pausa para meter la mano en un bolsillo y sacar un reloj de oro.
  -Pero mire lo tarde que se ha hecho. Tengo una cita otra parte, así que deberé partir. Espero que su improvisado alojamiento le sea grato. Hasta mañana, mister Wasson.
  -Espere... ¿quiénes son los otros?
  -Hasta mañana, mister Wasson. Hasta mañana. 
  Con un gesto gracioso y paso de bailarín se alejó por un corredor, atravesó el vestíbulo y cruzó la puerta. Cuando esta se cerró de nuevo, Wasson pensó por un momento: así deben sentirse los muertos cuando son abandonados en las tumbas.

colaboración de
(continuará)