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viernes, 20 de febrero de 2015

HERMENEGILDO TERCERO



Historia verídica de una mina en los años 90 - Incursión involuntaria en la  Chick Lit

***

   Por una extraña y feliz conjunción de astros me encontraba inmersa en aquella noche calurosa pero matizada de brisa, fresca y recién nacida. El verano se anunciaba en todo su esplendor y me contagiaba su euforia de sábado. Allí estaba yo frente al espejo, mirándome, examinándome de cuerpo entero como un pintor frente a su lienzo en blanco. 

   Sobre mi cama descansaba una falda de acetato negro, larga hasta las rodillas pero con tajos en los costados, de esas que se pegan al cuerpo para luego caer rectas; casi transparente, casi recatada; me había costado barata y sin embargo era bastante bonita. Los zapatos, también negros, con taco muy alto y pulsera irían muy bien con ella. Pensé que no iba a ser necesario usar medias, eso era una suerte porque a lo largo de la noche iban a terminar resultando sofocantes. 

   A partir de allí el problema central radicaba en la selección cuidadosa de la blusa. También sobre mi cama se encontraban tiradas en desorden cuatro o cinco de ellas, algunas escotadas, otras sin breteles, algunas coloridas, otras algo más discretas. Para cada una había seleccionado un soutien. Es notorio cómo cambia la forma de una remera dependiendo del soutien que se use; algunos levantan y juntan, otros aprietan y bajan, etcétera. Detalles importantes que solo una conoce. A lo largo de muchas noches de baile se desarrolla cierta pericia. Si la pollera es larga mejor utilizar una blusa escotada, escondiendo de un lado y mostrando de otro, es decir, provocando la mirada en un lugar pero sin invadir demasiado con el resto. 

   Por fin me decidí por una blusa de lycra color fucsia y un sostén con breteles de silicona que achataba y redondeaba. Peiné con secador mi cabello corto con mechas recién teñidas, observando el buen trabajo de mi peluquera al haber ubicado tan estratégicamente aquellos claritos dorados sobre el resto de la melena castaña. 

   Qué felicidad era no tener la menstruación, ni siquiera estar cerca de ella. Si así fuera, probablemente todo aquello me hubiera parecido horrible y ubicado en un mal lugar. Es difícil adivinar cómo alguien puede llegar a sentirse hermosa y luego todo lo contrario con tan solo tres o cuatro días de diferencia.

   Una vez que la sangre bajaba y se aflojaba la tensión todo volvía a ser como antes, por lo que tragedia disminuía considerablemente su intensidad. Empezaban entonces el dolor de ovarios y los calambres, pero con un analgésico todo se arreglaba y la situación incluso terminaba siendo disfrutable. Es verdad que los sonidos estridentes molestaban el doble o que los simples reproches sonaban como groseros insultos, pero la música hermosa también se tornaba más dulce y los colores de las cosas tomaban un tono más brillante. Y el amor parecía florecer desde la piel, más que de costumbre. 

   Recuerdo una vez, en medio de una menstruación; estaba sentada frente al televisor mirando National Geographic. Observaba cómo cientos de miles de lemmings se arrojaban por una ladera, suicidándose, con el único objetivo de preservar su especie. Pocas veces en mi vida había llorado tanto como ese día. Y mientras las lágrimas me caían a borbotones me preguntaba fríamente por qué carajo estaba llorando, hasta que al final terminé riendo como una demente. Eso jamás se lo comenté a nadie pues, en definitiva, los lemmings continuaron muriendo y yo seguí menstruando. 

   Pero ese no era el caso de la noche en que me encontraba. Mis hormonas parecían estar bastante estables, quizás un poco alborotadas como lo están casi siempre las de las mujeres sin pareja, pero controladas al fin. La dignidad debía prevalecer ante todo y la pérdida del temple podía, en la mayoría de los casos, entorpecer la ya difícil búsqueda de un espécimen masculino satisfactorio. 

   Dediqué media hora a mi maquillaje, intentando con todas mis fuerzas acomodar mucha pintura de forma de lograr el efecto de no parecer maquillada pero con ojos más grandes, labios más gruesos y pestañas más arqueadas. Por último, el perfume detrás de las orejas, en la parte inversa de las muñecas y luego en el pliegue del busto. Me parecía un poco difícil que esa noche llegara a permitir que una nariz fuera a parar justo allí; no estaba de humor. Pero nunca se sabía y más valía estar preparada. Quizás un príncipe azul con vaqueros, camisa al tono y olor a cerveza fuera capaz de romper el maleficio llevándome a mi, la bella durmiente, a algún rincón escondido, aislado de la música estridente y en esos momentos, pasara lo que pasara, era mejor tener perfume en el escote. Eso lo sabíamos todas. 

   Terminado por fin el lento proceso de metamorfosis, observé la obra frente al espejo y quedé conforme. Abrí la puerta de mi dormitorio y estaba mi hermano.
 - Sentí tu olor a perfume desde mi cuarto. ¿Por qué las mujeres se bañan en perfume?
Le contesté mientras me cubría con un saco negro y calado que no abrigaba.
 - Porque a los que no son tus hermanos les gusta el olor a perfume, gil.

   Justo en ese instante el teléfono sonó. Mi amiga salía desde su casa hacia la mía y llegaría en cinco minutos, solo estaba retocando un poco sus rulos para que no se le erizaran en el medio de la noche. Pensé que entonces tendría al menos media hora más para esperar. Volví a toparme con mi amigo-enemigo el espejo y sentí una especie de sobresalto. Vi una silueta vestida de negro y fucsia, adornada, de mejillas encendidas y ojos brillantes; imposible juzgar si eso que veía era realmente bello o no pues me estaba mirando a mí misma, pero lo que me impresionó fue lo hermoso de mi expresión. Ante mí se encontraba el producto de un ritual milenario, de un procedimiento cuidadoso que había durado casi dos horas. En un instante vino a mi mente la imagen de una gata, animal majestuoso tan criticado e incomprendido, que suele ser tachado de traicionero pues le es fiel solamente a los de su especie. Y recordé a unos cuántos hablando de mujeres libertinas, dirigiéndose a ellas como "gatos". Qué poco sabe la gente de los felinos. Y qué poco les importa a ellos, al fin y al cabo. 

   Yo sí creía conocerlos. Esa noche era justamente una gata, en busca de pareja. O al menos de un roce felino, en medio de aquel océano de soledad. Qué habría de malo en eso, me pregunté, y luego decidí hacer lo que ellos, no pensar. Y simplemente salir a vagabundear. 

   Llegó mi amiga y nos pusimos en marcha.


***

   Llegamos al enorme salón fragmentado en varias pistas, cada una con diferentes melodías y ruidos. Las personas que había allí también eran muy diferentes. Gente muy joven, casi niños, otros no tanto. Gente borracha, despierta, aburrida, eufórica. Un enorme cambalache de personas, luces, sombras y colores. Sin embargo las miradas eran casi todas parecidas; recorrían los rostros, los cuerpos, se detenían apenas un instante y luego continuaban su recorrido. Algunos pares de pies se movían pero aún muy lentamente; era demasiado temprano. Solo las manos, florecidas con cigarrillos, vasos de cerveza y tragos, se mantenían activas, mientras los ojos miraban y seguían mirando, en lo oscuro, acechando como los ojos de los gatos. 

   Yo ya tenía mi botella de cerveza en la mano y mis tacos empezaban a repiquetear. Odiaba estar quieta durante demasiado tiempo. Había hombres atractivos pero pocos, y demasiado jóvenes. Algunos se acercaban y molestaban, otros observaban, casi despectivos. Por un instante dejé de mirar hombres y me concentré en las mujeres.  Algunas eran muy parecidas a mí, otras eran casi niñas, pinturrajeadas y con caritas asustadas, empapándose recién de las leyes y las reglas de la selva. 

   Luego pensé en algunas de mis amigas, las imaginé descansando con sus novios o maridos, o haciendo el amor con ellos, o durmiendo a niños pequeños. Sonreí. Algunas con falda negra, otras desnudas, otras en camisón, las habíamos para todos los gustos. Luego imaginé en dónde me gustaría estar en esos momentos. ¿Allí? Probablemente no. Pero mejor hacer como los gatos. Solo los humanos necios miran hacia atrás y los costados cuando la vida se les dibuja precisamente adelante. 

   Comenzó a sonar una música más alegre y todos parecieron contagiarse. Las miradas de selección se tornaron un poco menos exigentes y las barreras humanas empezaron a caer poco a poco, ayudadas por el alcohol. Me sentía viva y capaz de sonreír, de mirar y de invitar con la mirada. Aquél me mira pero no me gusta. Aquel otro es atractivo pero creo que ésa con la que baila es la novia... Pucha. Bueno, no importa. A ver aquél de más allá... 

   Pasaron un par de horas y comencé a cansarme, sobre todo mentalmente. Además, los vasos consecutivos de cerveza habían embotado mis sentidos. Me senté en un rincón. Había bailado demasiado y los pies me dolían. Mis zapatos eran cómodos pero los tacos demasiado altos. Sin embargo me gustaba el efecto resultante de caminar con ellos. 

   En determinado momento una figura apareció frente a mí. Alto, delgado, muy joven, camisa blanca, ojos grandes y achatados, como dibujados en la cara, cejas pobladas pero castañas, y muy claras. Sonrió y me encantaron su risa y sus dientes. Las dos paletas estaban un poco separadas y eran muy blancas, tanto como su camisa. Estaba bastante borracho pero parecía sobrellevarlo con dignidad. Tenía ese aire felino. Pensé para mis adentros - Ahora se me acerca y me pregunta cómo me llamo, si trabajo o estudio. Me dice que soy muy linda y luego comenta que eso me lo deben decir todos. Me mira el busto y seguidamente elogia mis ojos. En fin. Lo de siempre.

   La figura se fue aproximando y yo, disimuladamente, ya me había parado. Me miró a los ojos y soltó su retahíla.
 - En realidad, no es que seas demasiado linda. Sin embargo me encanta tu corte de pelo estilo europeo. Tenés una preciosa sonrisa y caminás como si estuvieras en puntas de pie. Lástima ese saco calado que no me deja verte la forma de los pechos. 
- Eso depende del soutien que use - pensé para mí, pero no se lo dije. 

   Caí en la cuenta de que nadie me había dicho nunca algo tan terriblemente sensato y certero en mis cientos de noches de baile.
 - Ahora me vas a pedir que me vaya y tenés toda la razón - siguió hablando.
Nada más lejos de mis intenciones. La posibilidad de alguien diferente, listo allí, pronto para ser seducido quizás con palabras más que con una belleza desquiciante, encendió al máximo mi instinto de caza. Además, había desaparecido mi aburrimiento y eso era lo más importante. 

   Lo único malo es que el chico hablaba demasiado. Retuve muy pocos detalles de la conversación, sin embargo recuerdo que sus palabras eran deliciosamente cínicas y afiladas, curiosamente sin llegar a la grosería. Qué más podía pedir yo, a las cuatro de la mañana. Tomaba mucho alcohol y me invitó a un par de tragos. Luego yo lo invité a otro; me gustaba hacer eso, hacía sentir mis pies bien plantados enfrente de él, como si me invistiera con un cierto equilibrio que por algún motivo necesitase. Noté que él había tomado demasiado líquido ya que cada cinco minutos iba al baño. La primera vez pensé que se iría y no volvería más, pero siempre regresaba. 

   Nuestra conversación se fue poniendo cada vez más divertida, en algunos casos intensa pero siempre dentro de un absurdo y deliciosamente innecesario marco de sutileza. Siempre me gustó divertirme de esas maneras y este muchacho se prestaba muy bien para el juego. En un momento le pregunté su nombre y él me dijo "Hermenegildo Tercero". Le contesté "Encantada, Hermenegildo. Yo soy Juana de Arco". Luego él tomó un pedazo de vidrio de un vaso roto que había en el piso, me dijo con ceremonia que era un diamante y que me lo regalaba. Allí empecé a pensar que quizás estuviera algo loco pero luego me regañé a mí misma. Jamás nadie me había regalado un diamante en mi vida. ¿Por qué opacar la ocasión con un estúpido razonamiento? Le di las gracias con una reverencia y lo guardé en mi bolso. 

   Hermenegildo siguió hablando de sus viajes, de sus noches de baile, de sus tragos preferidos y de mis piernas. Yo le hablé de sus ojos y de sus dientes, pero casi no pude decir más porque él continuaba con su verborragia. En un momento me dijo que sabía que me estaba aburriendo, que iba a salir un segundo a la calle para que yo pudiera descansar de él. Me rogó que no me fuera, que por favor me quedara y lo esperara. No se por qué pero decidí hacerlo - No te vayas Juana, por favor - me decía, mientras se alejaba.

   Regresó a los cinco minutos. Pasó por entre un grupo de personas que estaban bailando, se pechó contra un guardia de seguridad y casi aterriza en mis pies. Me miró fijamente. Su mano izquierda apretaba fuertemente la curva del codo de su brazo derecho y la mano colgaba fláccida, como sin vida. Él seguía sonriendo y sus dientes separados brillaban con la luz violeta del techo. 

   Me tomó por la cintura y nos pusimos a bailar una melodía muy rápida. Giramos como trompos en medio de la pista. Ya no quedaba casi gente. Mi amiga había desaparecido. Mi pelo despeinado y mi falda de acetato ondeaban de un lado a otro y yo acompañaba con mis tacos negros. En determinado momento Hermenegildo me miró.
- Vos sí que bailás. 
Me detuve en seco y lo miré también. Una voz dentro de mí, que no reconocí como mía, le contestó al instante.
- Y vos, te drogás. 

   Esa frase fue, quiso serlo, sin reproches. Un simple comentario, una observación desapasionada de la realidad. Creo que lo sorprendí, lo impacté, porque dejó de bailar y me miró fijamente a los ojos. A esas alturas el alcohol ya había desaparecido de mi cabeza, al igual que la euforia y el instinto de caza. Me encontraba de la misma manera en que estoy una mañana de lunes, como una mujer de cara lavada que se prepara para salir a su trabajo.

   Tenía ante mí a un hombre, yo diría que bastante inteligente y refinado, con el suficiente dinero como para elegir y comprarse una camisa de buena calidad, y también para inyectarse vaya uno a saber qué sustancia en la entrada de un boliche. Sentí pena y desapego. Simplemente continué observándolo, igual que él a mí. 

   El muchacho habló otra vez.
- Ahora no vas a querer verme nunca más. Ahora te vas a ir y me vas a dejar solo. Hacé lo que quieras - su voz no sonaba tampoco a reproche - Yo, drogándome, puedo conseguir cualquier mujer que quiera. 

  Mi voz volvió a salir desde algún lugar.
- Ojalá pudiera ayudarte, pero no puedo. No se cómo. Además, no me corresponde. Si se te ocurre algo que pueda hacer, te escucho. Si estoy de acuerdo, lo haré. 

  Él no dijo nada; se había quedado mudo y quieto, como una estatua de cera. 

  Fueron unos instantes de quietud, que me pareció tanto física como temporal
- Vos no me vas a llamar - me espetó con voz fina pero firme - Yo te voy a dar mi teléfono pero no me vas a llamar. 

   Le pedí que me lo diera y prometí llamarlo, aunque no quise darle el mío. Una gata con cierta trayectoria sabe reconocer muy bien un cebo envenenado. Sin embargo sentí que debía hacer algo, aunque solo fuese llamarlo al otro día y decirle una cosa como: "Acá estoy. Te cruzaste en mi vida y significaste algo. Gracias por el diamante que me regalaste. Sos algo más que el recipiente de una droga. Seguramente no volvamos a vernos pero no te voy a olvidar"


   Nos despedimos, luego de que él me hiciera repetir varias veces el número de su teléfono. Cuando se iba me miró por última vez a los ojos y me repitió, convencido, que no lo iba a llamar. Lloré por dentro. Me acordé de los lemmings. Luego reí cínica para mis adentros pensando en el resultado de la noche de cacería. 

***

  Amanecí como siempre en esos casos, la cabeza embotada, los pies adoloridos, el cuerpo pesado, la pollera de acetato tirada en el suelo e impregnada con olor a cigarrillo. Desayuné un litro de agua e inmediatamente tomé el papel en el que había anotado el número. Eran las dos de la tarde. Me senté frente al teléfono pensando en lo que iría a decirle. 

   De ninguna manera aceptaría volver a verlo, no estaba dispuesta a enredarme con un drogadicto. Pero al menos podría establecer contacto y decirle con algunas pocas palabras algo así como "Existís". 

   Mis dedos discaron pero cuando llegué al sexto número se detuvieron. Ya era tarde. La voz de una mujer mayor contestó del otro lado. 
- Hola, ¿quién habla?
La única frase que se me venía a la mente era "¿Está Hermenegildo Tercero?". Se me congeló la voz. No había nada para decir. 

   Colgué el teléfono y tiré el número.

 Jamás volví a saber de él. Sigo recordando a los lemmings, y pienso que nadie mejor que ellos saben cuál es su destino. Quizás Hermenegildo lo supiera cuando nos despedimos. Lo que probablemente nunca sepa es que guardo su diamante como uno de mis mayores tesoros.

lunes, 15 de diciembre de 2014

EL ABORIGEN

 

  El aborigen había salido a cazar. Su presa se escondía detrás de los árboles. Él podía olerla, se guiaba por el sonido imperceptible de sus pasos asustados y podía tocar, palpar en el aire los delicados trazos de su ansiedad. Luego se adentró demasiado en la selva, más allá de los límites del instinto, pero tenía hambre y todo su cuerpo clamaba por alimento. 

  Él no odiaba a su presa ni tampoco la amaba, simplemente quería saciar su hambre, matar para alimentarse, solo lo necesario sin regueros de sangre, lo imprescindible para asegurar su supervivencia.

  Pero pasaban los días y no vislumbraba presas, ni fieras ni inofensivas. No veía nada además de vegetación, agua y luz. Los deliciosos pájaros volaban demasiado alto como para alcanzarlos; además tenía miedo de comer la esencia de un pájaro para luego salir volando, dominado por el espíritu poderoso de aquel que sabe volar.

  No. Mejor el suelo, es más seguro. ¿Habrá serpientes? ¿Habrá al menos algún insecto? Tenía hambre. Pasaron más días y su mente empezó a nublarse. Ya el cielo se confundía con el bosque; empezó a pensar que los dos eran verdes, que las estrellas eran árboles y que los árboles eran estrellas. Observaba a la luna por las noches y ella era la cara redonda del estanque... ¿o sería el estanque un reflejo de la luna? El aborigen comprendía todo eso y lo sufría, pues una fuerza no terrenal se había apoderado de él

  Su cerebro no le pertenecía y era culpa del hambre. Sus huesos comenzaron a debilitarse, una mancha blanquecina apareció en su lengua. Lo supo pues la vio, reflejada en el estanque; “ eh, eh, eh ...” reía el aborigen. Para los ignorantes que no conocen su idioma, él decía: “La luna me está sacando la lengua ... je, je, je”. Luego rió, rió cada vez más. Los dientes cortados por la talla en piedra de sus armas bailotearon, negros y fantasmagóricos. Su cara era una máscara, la máscara del hambre. Sus manos ya eran garras, las garras del depredador consumido. Los ojos se le confundían con el cielo y su olfato era el miedo.

  Por un instante comprendió que iba a morir. Sintió que su cuerpo se había convertido en algo diferente de lo que él era. Apenas podía recordar su aldea y su choza, sus niños altos y flacos aprendiendo poco a poco el arte de la caza, los muslos renegridos de su compañera, con el surco extraño y brotado de pelo que asomaba, hinchado, en las noches de la ceremonia de la fertilidad. Y, qué curioso, recordó también la despedida del amigo y hermano de toda la vida, su cabeza asomando entre las fauces del león. Los ojos del amigo eran los mismos que asomaban el en estanque, o quizás fuesen los de la luna.

  Se adentró aun más en el bosque y como guiado por un sueño atravesó el límite marcado por los hechiceros, quienes habían recomendado no traspasar el umbral de la vegetación tupida porque luego de allí reinaba el Gran Espíritu de la Aniquilación. Y pensó, ¿qué importa?. Se internó en la espesura. Caminó y caminó. Ya no era él quien caminaba, era su hambre; ya no era él quien veía, era su dolor; ya no era él quien olfateaba sino su desesperanza. 

  Era ya una catramina de huesos repiqueteando entre los árboles. Sin saberlo, se cruzó con un pequeño mono herido que lo observaba, listo para ser su presa. Tampoco vio a la serpiente que pasó frente a él, con el mismo contoneo de una  bailarina de su tribu, ejecutando la danza de las cosechas. Pero para él no era ésa sino el hambre, despojada de su disfraz.

  Por fin llegó a un claro en el bosque y se detuvo. Más atrás se escuchaba un sonido extraño, como un repiqueteo de tambores y también voces. Eran las  mujeres de su aldea cantando al cielo y deseando a sus hombres una buena caza. Oyó gritar a sus hijos, estaban peleando por el cráneo de un mono muerto. Escuchó al anciano de la tribu y, milagro, pudo ver su barba resplandeciendo tras dos viejas acacias. Tenía estrellas, claras y resplandecientes; era la Luz, el Verbo... Corrió poseso hacia la barba del sabio, cruzó las dos acacias con sus fuerzas inexistentes y se detuvo allí mismo. Entonces perdió el aliento. 

  Todo lo que hasta ahora se movía dejó de reverberar, todo sonido se apagó, la luz se extinguió y en esa nueva oscuridad pudo ver su imagen cegadora. ¡Era Él! El que tantas veces fue nombrado por los hechiceros de la tribu, el Profeta, el Elegido, el Mesías, la Luz;  allí, ante él, estaba su Esencia y también su carne, huesos y su sangre. Era Él, el Hijo de la Tierra y el Hijo del Sol. Estaba salvado. El aborigen rió, lloró y bailó una danza ritual, llevado otra vez por la fuerza extraña que no pertenecía a su cuerpo.

  Luego se postró ante la aparición y se encomendó a su divina misericordia. La luz entonces se fue metiendo en su huesudo cuerpo y fue lágrima en las órbitas de sus ojos, fue saliva en las comisuras de su boca. Estalló todo su ser y fue la eclosión tan fuerte y desgarrante que luego de ella no supo nada más, todo se hizo tinieblas, nuevamente. Pasaron las horas. Siete horas. Y amaneció.

  Un pájaro volaba en el cielo justo en aquel momento y hace siete años vino a contarme lo que entonces vio. Esa mañana, mientras sobrevolaba la selva, vislumbró a un hombre huesudo y muerto, boca abajo, con sus brazos en cruz, tendido al pie de un enorme tótem de madera. La esfinge era muy alta;  su tamaño era casi tan alto como los mismos árboles de la selva o quizás más. Estaba tallado. Según me dijo, era una escultura muy extraña. En sus cimientos había piedras, barro y huesos; en el medio de su tronco había figuras de hombres y mujeres realizando el acto sexual. Y en la cima, es lo que más le impresionó y se que no  miente, justo en la cima, arriba de todos y de todo, estaba el dibujo de una luna enorme,  sacando la lengua.
agosto 2001

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Les doy la bienvenida

Este es el blog de una eterna aprendiz. Aquí quedarán registrados varios temas que me han apasionado a lo largo de mi vida, junto con el trazo que he seguido al ir ahondando en cada uno de ellos. Mi objetivo es lograr que dicho camino, casi siempre solitario, pueda ser compartido con todo aquel que lo desee. Los únicos requisitos para acompañarme son: amor por lo que se está investigando, respeto por las obras originales del otro, frontalidad y cortesía en las opiniones vertidas.

Mi intención es volcar aquí la síntesis de aquello que creo haber aprendido, lo cual, fusionado con la imaginación, ha dado lugar a diversas manifestaciones de lo que yo llamo Mi Arte. Espero sinceramente que esto despierte algo en cada lector. Se agradecerán de igual forma las críticas negativas y los elogios, pues deben saber que el corazón de cualquier artista (no importa tanto si es genial, malo o mediocre) puede tolerar todo tipo de reacción ante su obra excepto, quizás, la indiferencia.

Quiero aclarar que no adhiero a ningún “ismo”. Solo voy tras la utopía de evadir todo prejuicio en el momento de pensar y de sentir, de la misma forma en que un niño desmenuza su juguete para saber cómo funciona. Aquí tampoco encontrarás transgresiones, rebeldía ni argumentaciones ingeniosas. Estamos en el ciberespacio, en un pequeño fragmento de memoria colectiva en el cual me permito el privilegio de abstraerme y, simplemente, ser.


Si no puedes prescindir de tus prejuicios, ni siquiera por unos momentos, te invito cordialmente a que abandones este lugar; no te será saludable. Si te sientes curioso, adelante, vas camino de conocer a la Mujer del Infierno...